RENE ZAZUETA Y LA  BUSQUEDA DEL TESORO DE LA DILIGENCIA DE ALAMOS

COLUMNA HUÉSPED PRINCIPALES

«Si me permiten hablar». Crónicas de un locutor y periodista.

Por Agustín Torres Sotomayor.

Sinaloa. 28 sept. 2020.-  Fue un sábado 5 de noviembre de 1825, cuando a El Fuerte, que entonces era la capital del Estado Libre y Soberano de Occidente, salió de la Casa del Constituyente, una diligencia cuyo destino era la antigua Villa de San Miguel, hoy Culiacán, Sinaloa.

El carruaje procedente del real mineral de Álamos, Sonora, había llegado dos días antes a la Villa de San Juan Bautista de Carapoa, los hombres que la traían habían dormido en el hotel Diligencias, -hoy conocido como hotel La Choza-.

En apariencia trasladaban a cuatro religiosas y algunas cargas que procederían a dejar en esa villa, pero la que tenía más valor eran dos cajas de madera con los sellos de la Casa de Moneda de Álamos que contenían lingotes de oro, su destino era la Casa de Moneda de Culiacán.

Alrededor de las 4 de la madrugada del sábado la diligencia salió de la Villa de El Fuerte con su valiosa carga, llegando a la Villa de San Felipe y Santiago el martes 8 de noviembre, había mucha bruma, el camino real era muy accidentado y los barrancos y lo cerrado del monte hacían más lenta la travesía. Esa noche la comitiva durmió en la Villa de San Felipe y Santiago partiendo a la Villa de San Miguel la madrugada del miércoles 9 de noviembre.

Ya entrada la noche detuvieron la diligencia en un llanote cercano a Bacubirito para descansar y continuar el camino la madrugada del jueves 10 de noviembre pero al filo de las 12 de la noche cuando estaban profundamente dormidos, una caterva de salteadores apagaron la hoguera y pusieron en rendición a los tres guardias que estaban de vigías. A todos les dieron muerte. Luego hicieron una excavación y las cajas llenas de lingotes de oro, fueron cubiertas con los cuerpos de las religiosas. Como señal pusieron una mojonera de piedras. Habían acordado regresar después a desenterrar el tesoro.

Jamás regresaron.

Esta historia la escuche en voz del Diputado Local el Ing. Rene Zazueta Espinoza (qepd), estábamos sentados alrededor del comedor en su casa de La Palma Sola, en El Fuerte. Ahí estábamos Juana Ernelda Ruiz Bojórquez «la güerita» de Mochicahui y yo en compañía del anfitrión. Una pieza de queso y un café humeante fueron el entremés mientras la señora Canqui, esposa de Rene, se ocupaba en las labores propias de la casa.

Habíamos ido a saludarlo para preguntar por su salud.

El tema de los tesoros o entierros salió en la plática porque es un tema que a mí me apasiona, como le apasionaba a mi padre.

Usted Ingeniero tiene dinero enterrado en las propiedades que compro frente a la entrada de Tehueco, le afirme. Ahí, hace muchos años, un señor al que llamaban Jesús «el becerrero» enterró una alforja de cuero con monedas de oro que había sustraído de la hacienda de los Ibarra con quienes trabajaba como capataz.

¿Cómo? -me respondió Rene Zazueta- cuéntame de eso, yo no sabía. Primero cuénteme su historia, le respondí.

Rene nos dijo que la historia del entierro de la diligencia de Álamos, se la había contado un señor de Bacubirito, que la historia había pasado de generación en generación hasta llegar a él. Y continúo relatando.

«Ya verificada la información, un día subí a la camioneta a tres amigos, subimos provisiones, picos, palas y nos fuimos a la aventura.

Llegamos al lugar que se me había indicado entre el monte,  empezamos a bajar la herramienta, estábamos con la excavación, cuando paso un señor con un machete, nos dijo que venía de desmontar el cerco, nos aconsejó que mejor nos fuéramos porque ese lugar estaba infestado de bandoleros armados vestidos de negro y corríamos peligro.

Nos regresamos a El Fuerte. Jamás se ha encontrado ese interés. Cuentan vecinos de Bacubirito que en ese camino aún se escuchan lamentos.

La alforja de cuero

Ingeniero, en 1987 yo viví tres años en Tehueco y conozco a toda la gente de la región con todo y sus historias -le relate-. Hace muchos años un joven indígena de nombre Jesús, sustrajo una alforja de cuero de la hacienda de los Ibarra, molesto por una llamada de atención

El jinete bajo huyendo a caballo por El Altillo, llego a Vibajaqui, luego a la Bajada del Monte por todo el camino real y cuando vio la iglesia de Tehueco se enfilo tierras arriba, precisamente las que usted compro ahí frente a Tehueco, le dije.

Un día de muertos me contaron esa historia y yo a su vez se la conté a mi padre. Me gustaría saber si eso es cierto, le dije a mi apa porque tenía un amigo en Guasave, un señor mayor que consultaba a los espíritus. Le pedí a mi padre que viera a don nacho.

Cada entierro tiene su chiste, cada entierro tiene su manda, los que enterraron pueden pedir de lo más simple a lo más complicado por entregar ese dinero, sentencio mi apa.

Y una semana después, el señor nos envió la respuesta afirmativa y hasta nos señaló el lugar donde se había enterrado ese dinero.

Cuando el «becerrero» acepto que yo y dos personas más sacáramos ese entierro, se los comunique a mi compadre Ciro Hernández de Tetaroba y a mi compadre Miguel Ángel Pacheco (qepd) de Tehueco. Los invite a formar parte de esa aventura pero les anticipe que lo que Jesús «el becerrero» pedía a cambio de permitirnos desenterrar ese tesoro.

¿Qué? Me preguntaron los dos.

El «becerrero» pide a cambio tres vidas, les indique. Ninguno de los tres aceptamos la muerte a cambio del oro.

Pero una tarde, mi compadre Ciro consiguió un aparato detector de metales y los tres nos fuimos al terreno, con tan mala suerte que mi compadre Ciro encendió la maquina arriba de la camioneta y el aparato se hizo loco. Fracasamos por intentar engañar a Jesús «el becerrero».

El ingeniero Rene Zazueta y la güerita de Mochicahui se rieron. Aún hay mucho dinero enterrado, mucho, afirmo Rene, mientras nos tomábamos el café hasta que llego la señora Canqui de Zazueta y nos despedimos.

A ver que día nos vamos a Tehueco a sacar esas monedas de oro, me dijo sonriente Rene Zazueta. Lamentablemente Dios lo llamo a su presencia años después, en el 2015.