«PERO USTEDES. . . TAMBIEN», LES CONFIRMO IRMITA PEÑUELAS

COLUMNA HUÉSPED PRINCIPALES

«Si me permiten hablar». Crónicas de un locutor y periodista.

Por Agustín Torres Sotomayor

Sinaloa. 14 sept. 2020.-  Con motivo del «Día del Locutor», les comparto retazos de mi vida

Hasta la década de los 70as, fueron los jefes de las oficinas de telégrafos quienes decidían quien podía abrir micrófono en las radiodifusoras. Eran las autoridades que vigilaban el cabal cumplimiento de la Ley de Radio y Televisión pues dependían directamente de la SCT.

A partir de 1976 que tomo protesta el Presidente de la Republica José López Portillo, la SEP creo la Dirección General de Materiales Didácticos y Culturales que se encargó de aplicar exámenes de aptitud a locutores y locutoras de todo el país. El examen se dividía en dos fases, el escrito que constaba de cien preguntas sobre cultura general, si el aspirante no lo aprobaba, no podía pasar a la siguiente ronda; el examen oral que se dividía en tres etapas: la pronunciación de cincuenta palabras en inglés, francés, italiano, portugués y alguna lengua indígena. Diseño de un comercial y la conducción imaginaria de un evento público para medir el grado de improvisación. Cualquier error, palabra mal pronunciada o equivocación impedía lograr la tan anhelada acreditación. Eran muy pocos los que lograban tal hazaña. La autorización clase «B» era para locutores de radiodifusoras AM y la clase «A» para locutores de radiodifusoras FM y para televisión.

Como la ley en la materia obligaba a los radiodifusores a tener solo locutores autorizados, Netzahualcóyotl de la Vega, dirigente del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Radio y la Televisión (STIRT) logro que los exámenes se aplicaran en las capitales de los estados del país porque solo se realizaban en la ciudad de México. Para facilitar y ayudar en la economía de los compañeros que abrían micrófono.

Irmita Peñuelas

Gracias al compañero locutor Lic. Juan S. Millán, fue posible que el examen se aplicara en Culiacán en el mes de abril de 1979. Durante una semana 45 compañeros de todo el estado recibimos un curso muy completo, el compañero locutor Jesús Aguilar Padilla fue uno de los maestros que impartieron esa capacitación. De los 60 aspirantes solo 13 logramos ganar la autorización como locutor. Yo logre la autorización número 3444 clase «A» gracias a Dios.

«Pero ustedes… también^ la anécdota de Irmita Peñuelas

Después de Culiacán, el examen se aplicó en Acapulco, luego en Querétaro, después en ciudad Juárez, en Hermosillo y Mazatlán que para mis compañeros era la ciudad más cercana a Los Mochis. Una decena de compañeras y compañeros locutores hicieron el viaje a Mazatlán para lograr su autorización, creo que fue en 1981 o 1982.

Al llegar al hotel previamente elegido por el STIRT, Irmita Peñuelas Castro, Aracely «Cony» Arámbula e Irma Cota Soto decidieron hospedarse en la misma habitación. Irmita era una de las mejores alumnas del Cecyt, tenía promedio de dieces y era la más pequeña del grupo, tenía 16 años.  Después de estudiar, repasar, hacer ejercicios de preguntas y respuestas de la guía del examen, las plebes también se dieron tiempo de turistear por las hermosas playas.

Les había tocado hospedarse en el último piso del hotel que estaba frente a la playa y para su mala suerte el elevador se había descompuesto así que había que subir y bajar cientos de escalones.

El día del examen Irma Cota, expreso, «plebes, estoy muy nerviosa, ojala no se me olvide lo que estudiamos», «yo también», dijo Cony Arámbula, las tres bajaron a realizar el examen. Después de contar alrededor de quinientos escalones llegaron al loby, se dirigieron al salón donde ya estaban la mayoría de aspirantes.

Los segundos correteaban a los minutos hasta que estos sobrepasaron la hora, de vez en cuando nuestras tres heroínas de dirigían miradas inquisitorias, por fin termino el tiempo, cada quien entrego su examen y los sinodales dieron una hora para revisar cada uno de los exámenes. Irmita, Cony e Irma subieron los 500 escalones hasta su habitación, no llegaron cansadas por el esfuerzo sino por el estrés y los nervios a los que habían sido sometidas.

Plebes ya paso la hora?, -pregunto Irma- si ya paso, respondió Cony, pero yo tengo miedo de ir a ver el resultado, ve tú, -le sugiere Cony a Irma-. No porque yo también tengo miedo de ver los resultados, -respondió Cony-  entonces ambas voltearon a ver a Irmita que peinaba su cabello trigueño frente el espejo. Ve tu Irmita, -le dijeron las dos al unísono-. Yo? -respondió Irmita- Si tú  -afirmaron las dos-, tenemos nervios por saber el resultado. Yo también tengo nervios, -les respondió Irmita- pero voy a ir pebes.

El tiempo que tardo Irmita en bajar y subir los escalones se les hizo eterno a Irma y Cony, nomás falto que se acabaran las uñas de la desesperación.

A la media hora tocaron la puerta y las dos abrieron. Era Irmita Peñuelas que tenía un velo de tristeza en su cara. Su piel blanca, llena de pecas que resaltaba la ingenuidad propia de su edad estaba ensombrecida

Plebes, ay plebes -les dijo-, vengo muy triste plebes, no pase el examen, ahi tienen las listas pegadas y no lo pase, -a punto de las lágrimas, Irma y Cony abrazaron a Irmita para consolarla. Ya mija tranquila, animo, habrá mas oportunidades. -le decían las dos- mientras la consolaban, Irmita volteo y con seriedad les dijo, yo reprobé… pero ustedes también! Y la tristeza se adueñó de la habitación.

En verdad era un galimatías aprobar ese examen. En toda la historia de la radiodifusión en Sinaloa, Irmita Peñuelas fue la primera que se autorizó como locutora a los 16 años de edad, luego le seguí yo que me autorice a los años 17 años. Fuimos los más chiquitos.

Desde mi confinamiento por pertenecer al grupo de riesgo ante el coronavirus les mando un abrazo afectivo a compañeras y compañeros locutores. Irma Cota junto con Quetita Solórzano y doña Marta Traslaviña son y serán las mejores voces femeninas de la historia de la radio en Sinaloa y Aracely Arámbula es hoy por hoy la mejor directora artística de todo el noroeste de México. Las tres lograron autorizarse meses después.