NECESITAMOS REDISEÑAR POR COMPLETO CÓMO VIVIMOS

COLUMNA HUÉSPED PRINCIPALES

By Laura L. Carstensen*

*Laura L. Carstensen es profesora de psicología y directora del Centro de Longevidad de Stanford.

EEUU. Enero 2020. (The Washington Post).- Es hora de pensar seriamente en rediseñar la manera en la que vivimos. La esperanza de vida promedio en el siglo XX creció 30 años y, en lugar de imaginar las muchas formas en que podríamos usar estos años para mejorar la calidad de vida, solo le hemos añadido años al final: la vejez se hizo más larga.

Como resultado, el pensar en la posibilidad de vivir por un siglo nos causa una gran ansiedad. Cuando se nos pregunta sobre las aspiraciones de vivir hasta los 100 años, las respuestas típicas son: “Espero que el dinero me alcance para eso” o “espero no sufrir de demencia”. Si no comenzamos a imaginar lo satisfactoria, comprometida y significativa que puede ser una vida que dure 100 años, ciertamente no podremos construir mundos que nos puedan llevar allí.

En mi opinión, la tensión que rodea el envejecimiento se debe en gran medida a la velocidad con la que aumentó la esperanza de vida. Cada generación nace en un mundo preparado por sus antepasados ​​en cuanto a conocimiento, infraestructura y normas sociales. La capacidad humana de beneficiarse de esta cultura heredada nos brindó ventajas tan extraordinarias que la muerte prematura se redujo drásticamente en cuestión de décadas. Sin embargo, a medida que la longevidad aumentó, la cultura no le siguió el paso.

Las vidas longevas no son el problema. El problema es vivir en culturas diseñadas para vidas que duran la mitad del tiempo que las nuestras.

Las jubilaciones que abarcan cuatro décadas son inalcanzables para la mayoría de personas y gobiernos; la educación que termina a principios de los 20 años no es adecuada para una vida laboral más larga; y las normas sociales que dictan responsabilidades intergeneracionales entre padres e hijos pequeños no abordan a las familias que incluyen cuatro o cinco generaciones vivas.

El año pasado, el Centro de Longevidad de Stanford lanzó una iniciativa llamada “El nuevo mapa de la vida”. Comenzamos por convocar a un grupo de expertos, incluidos ingenieros, climatólogos, pediatras, geriatras, especialistas en comportamiento, expertos financieros, biólogos, educadores, proveedores de atención a la salud, consultores de recursos humanos y filántropos. Les pedimos imaginar cómo se verían las vidas dinámicas de un siglo y luego comenzamos el proceso de reasignación. ¿Cómo deben cambiar los modelos tradicionales de educación, trabajo, estilos de vida, relaciones sociales, planificación financiera, atención médica, primera infancia y pactos intergeneracionales para mantener una vida larga?

Rápidamente acordamos que sería un error reemplazar el viejo modelo rígido de vida —primero la educación, luego la familia y el trabajo, y finalmente la jubilación— con un nuevo modelo igual de rígido. En cambio, debe haber muchas rutas diferentes, entrelazando el ocio, el trabajo, la educación y la familia a lo largo de la vida, llevando a las personas desde el nacimiento hasta la muerte con lugares para detenerse, descansar, cambiar de rumbo y repetir los pasos en el camino. La vejez sola no duraría más; más bien, la juventud y la mediana edad también se expandirían.

Acordamos también que la longevidad exige repensar todas las etapas de la vida, no solo la vejez. Para prosperar en una era de rápida transferencia de conocimiento, los niños no solo necesitan lectura, matemáticas y conocimientos de informática, sino que también necesitan aprender a pensar creativamente y no aferrarse demasiado a los “hechos”. Necesitarán encontrar alegría en desaprender y volver a aprender. Los adolescentes pueden tomar descansos de la escuela secundaria y realizar pasantías en lugares de trabajo que los sorprendan. La educación no terminaría en la juventud, sino que estaría siempre presente y tomaría muchas formas fuera de las aulas, desde microgrados hasta viajes por el mundo.

El trabajo también debe cambiar. Hay muchas razones para esperar más cambios dentro y fuera de la fuerza laboral —especialmente por parte de los empleados que cuidan niños pequeños o padres ancianos— y una mayor participación de los trabajadores mayores de 60 años. Hay buenas razones para pensar que trabajaremos más tiempo, pero podemos mejorar la calidad del trabajo con semanas de trabajo más cortas, horarios flexibles y frecuentes “jubilaciones”.

Financiar la longevidad requiere un replanteamiento importante. En lugar de ahorrar grandes cantidades de dinero para el final de la vida, podríamos agrupar los riesgos de nuevas maneras. Las generaciones pueden compartir la riqueza antes que los legados tradicionales; podemos abrir cuentas de ahorro al nacer y permitir que los adultos jóvenes trabajen antes para que el interés compuesto pueda funcionar a su favor.

Mantener la buena forma física desde el principio hasta el final de la vida será primordial. Hacer que los niños jueguen en la calle, alentar los deportes, reducir el tiempo que nos sentamos y pasar más tiempo caminando y en movimiento mejorará enormemente la vida individual.

En el año transcurrido desde esta reunión inicial, hemos lanzado un programa posdoctoral centrado en inmersiones profundas sobre los temas centrales de la vida que deben cambiar. El objetivo es desarrollar recomendaciones específicas para gobiernos, empleadores, empresas, padres y formuladores de políticas para que podamos comenzar a sentar las bases para crear culturas que respalden vidas de un siglo de duración. Los desafíos exigen inversiones sociales, científicas y educativas extraordinarias. Las oportunidades son aún más extraordinarias.

Tener vidas más largas nos presenta la oportunidad de rediseñar la forma en que vivimos. El mayor riesgo es solo que nuestras expectativas sean muy bajas.