LA MONTAÑA: LAS CONSECUENCIAS DE UN JUEVES NEGRO

OSCAR LOZA OCHOA PRINCIPALES

Por Oscar Loza Ochoa.

Invaden el resorte humano, lo quebrantan,

lo dejan con el solo patrimonio de su estupor.

David Huerta.

Lo sucedido en Culiacán este jueves 17 nos marcará a todos. Las acciones violencia registradas en esa jornada dejan una huella imborrable en muchos sentidos para el gobierno y para la sociedad. La noche de Iguala del 26 de septiembre de hace cinco años le impuso una marca al gobierno de Peña Nieto y este jueves 17 hará otro tanto a la gestión de Andrés Manuel. Para la sociedad el momento presente es de alguna manera similar a la psicosis que dejó el asesinato de Edgar Guzmán López (hermano del Ovidio de esta historia) el 8 de mayo de 2008. Los comercios cerraron por los temores a más violencia y pasamos un tenso y encerrado Día de Madres.

La historia de la ciudad tiene otros momentos muy críticos, sin que hayan alcanzado la dimensión del pasado jueves. Uno de ellos fue el 28 de enero de 1976. Mientras muchos culichis estábamos comiendo en casa, se empezaron a escuchar ráfagas por el rumbo de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen y la Clínica Santa María. Duró varios minutos, con la sensación para quienes las escuchamos de haberse extendido por horas. Y como las cosas no pararon allí, pues el enfrentamiento entre dos bandas de delincuentes continuó como persecución hacia el sur de la ciudad y la carreta México 15, la ciudad quedó con el Jesús en la boca.

Pero no tenemos registro de un bloqueo a las entradas y salidas de la ciudad como el de ayer. Una acción criminal concertada como esta no había tenido lugar y menos con acciones armadas que hay que considerar junto a los bloqueos: quemas de autos, toma de algunos puentes, edificios emblemáticos y puntos neurálgicos de la ciudad. Agregando balaceras al aire en la mayoría de los casos como recurso de intimidación a la ciudadanía o amenaza abierta en el caso de familiares de militares.

De acuerdo a la información oficial fueron por Ovidio Guzmán López hasta la casa donde fue ubicado en una privada del Desarrollo Tres Ríos. Allí empezó una malhadada historia que hoy nos marca al rojo vivo. Se presentan alrededor de 30 elementos de la Guardia Nacional y de la Policía Ministerial Militar (de acuerdo al Gabinete de Seguridad). Rodean los puntos vulnerables de la privada y esperan a que un juez emita una orden de cateo. Llegó primero la seguridad de Ovidio que la orden de cateo y sin haberse previsto escenarios como este las fuerzas del Estado se ven en la peor de las circunstancias: de cazadores a cazados.

El Gabinete de Seguridad dice que fue una acción precipitada (pero sí planeada), en la que no se esperó a la calificación de la superioridad. No entraremos en discusión por ello, pero sí debemos hacer algunas observaciones sobre el particular. No es la primera vez que se va sobre delincuentes de fama y peligrosos; ya se había hecho contra Joaquín Guzmán Loera, el padre de Ovidio. El éxito de las operaciones se debió a la planeación y a la movilización

suficiente de elementos de seguridad. ¿Qué pasó ahora? Y junto a ello hay que preguntar por qué la reacción de la autoridad frente al riesgo que se abrió en esos momentos fue tan lenta y aparentemente tan desordenada. Algo peor: el mundo se nos vino encima al gobierno y a la sociedad cuando la movilización criminal bloqueó entradas y salidas a la ciudad y sus puntos emblemáticos. ¿No lo previó la autoridad? Porque tampoco lo enfrentó en ninguno de sus puntos. La ciudad lo asumió de alguna manera como una toma militar por criminales, mientras la autoridad se sentía apocada (exceptuando a policías y militares que estaban en combate).

Lo que dijo el Gabinete de seguridad, es que buscando proteger el mayor bien jurídico: la seguridad de la ciudadanía, se ordenó retirar el operativo. Lo que implicó no detener a Ovidio y dejarlo en paz en su casa. Atrás quedaba un saldo muy doloroso: al menos ocho muertos, 16 policías y militares heridos, nueve vehículos incendiados, ocho patrullas y un helicóptero balaceados, 42 vehículos despojados, 51 reos fugados, 19 bloqueos en la ciudad y 14 enfrentamientos con la autoridad. Y algo muy grave: la sensación de que la autoridad no hizo las cosas bien y que el saldo de la jornada de ayer favoreció a los malos.

No hay duda que el jueves 17 de octubre es y será el jueves negro en la historia de Culiacán y que marcará en materia de seguridad al sexenio de López Obrador. Lo importante ahora es qué lección se aprendió ahora y cómo se asumirá lo que viene. Está muy claro que el Estado debe cambiar de paso y definir toda una política pública sobre seguridad, que atienda lo externo y lo interno del propio Estado, eliminando los errores mencionados (que espero no hayan sido inducidos). Ovidio Guzmán, con una dudosa victoria que le asegura temporalmente una libertad acosada por un Estado agraviado, comenzará una nueva etapa en su vida como desterrado en su propia tierra. Vivirá de alguna manera la tragedia de su tocayo Publio Ovidio, el poeta romano y que tan sensiblemente describe en Tristia. ¿Por cuánto tiempo? El Estado tiene la palabra. Y la paz y la tranquilidad social, ¿dónde la obtenemos? Ni la Ley ni la Coppel las ofertan. Vale.

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