LA MONTAÑA: LA INSEGURIDAD, NOSOTROS Y AMLO

OSCAR LOZA OCHOA PRINCIPALES TENDENCIAS

Por Oscar Loza Ochoa.

Los niños y los jóvenes de la guerra

maduramos a fuerza de ver, oler y sentir tanta tragedia.

Mónica Castellanos.

Hay un dolor de Patria, como dijo Camilo Romero, gobernador de Nariño, Colombia. Sí, no se puede tener otro sentimiento ante la tragedia que la violencia nos impone. Estábamos y estamos convencidos de que no es fácil terminar con las actividades criminales de alto impacto. Hace un siglo que las drogas y sus secuelas violentas iniciaron su espantosa andadura por los caminos del país y por Sinaloa. Hace casi 80 años que Estados Unidos nos impuso la tarea de ser proveedores de goma de opio. Hace  poco menos de medio siglo que la derrota militar de E U en Vietnam lo hundió en una prolongada crisis moral y esta lo llevó de la mano a la drogadicción masiva. Y nosotros pagamos los platos rotos.

Hay un dolor de Patria por la pérdida no sólo sostenida, sino creciente de víctimas de la violencia, cuyo vértice comienza y termina en el abominable trasiego de drogas. En las últimas semanas acentuado ese dolor y todas las incertidumbres que conlleva, por el ataque a policías michoacanos en Aguililla, el operativo fallido del jueves 17 en Culiacán y la masacre sufrida por la familia LeBarón en Bavispe, Sonora.

La acción de las drogas durante un largo siglo, sobre todo los espacios y componendas que abrió en las esferas políticas, en el mundo de la economía formal y su impacto en los hábitos de consumo y comportamiento moral de muchos ciudadanos, impone el análisis profundo de raíces, del daño causado en cuatro generaciones de mexicanos y la participación del más amplio número de instituciones y ciudadanos para hacerle frente al monstruo que fue cobrando vida y creciendo sin que el Estado haya buscado erradicarlo en los momentos en que no demandaba el gran esfuerzo que implica hoy.

Los últimos sucesos, muy dolorosos sin duda, han puesto a prueba la capacidad de respuesta del gobierno de Andrés Manuel a la emergencia de la presente coyuntura y lo emplaza a ir más allá de lo que puede concebirse como una estrategia ante el mundo de violencia que parece enquistarse en nuestra vida nacional, a pesar de todos los esfuerzos por enrumbar el país y darle un rostro más humano al difícil horizonte que tenemos hoy.

No creo que la crítica deba transitar por un atajo aterciopelado, tanto de los que han sido beneficiados por ese mar revuelto y que hasta complicidades pueden contar en su saga, como la de organismos y ciudadanos bien intencionados, pues la libertad de expresión no debe coartarse. En todo caso que sea la lucha abierta de ideas (y de intereses) la que ponga en su lugar a unos y otros. Al fin el deber de quienes somos partidarios de la democracia es ser consecuentes con lo que defendemos.

Hay algunas cosas que por elementales no se les debe negar el espacio que les corresponde ante los problemas señalados: en primer lugar la autocrítica que nos debemos como ciudadanos por permitir que nuestras reservas morales hayan sido dañadas durante los largos y pesados años ya señalados, y que han llevado a centenares de miles de jóvenes en las diferentes generaciones que han vivido bajo el flagelo de las drogas y la violencia, al peor de los destinos esperados para ellos.

En segundo lugar, el Estado tiene que rectificar algunas cosas centrales, particularmente Andrés Manuel: si hasta hoy las instituciones, por las razones que propios y ajenos puedan o quieran dar, no han podido enfrentar con éxito el paquete que significan drogas y grupos criminales, justo es comenzar a ver qué diablos se puede plantear en un esfuerzo inédito entre sociedad y Estado. Andrés Manuel sigue pensando en el arrastre popular como presidente y que sus ideas y propuestas deben encender los motores de las instituciones (que por cierto no han cambiado su composición de cuadros) y que la masa del pueblo, desorganizada hasta hoy, cumplirá un papel de respaldo claro e incondicional, aunque pasivo.

En tercer lugar, es hora de que el gobierno de Andrés Manuel se dé cuenta que la amalgama de intereses que hay al interior de la llamada Cuarta Transformación, en buena medida es  la más fiel expresión del reciclaje de cuadros de las administraciones anteriores y que hay una notable ausencia que está pesando demasiado en el color y la orientación democrática del Estado: la izquierda. De tomar plena conciencia que los cambios más significativos y que la dan rostro humano al país, fueron posibles por las iniciativas y sacrificadas luchas del pueblo, encabezadas por la izquierda.

Por lo demás, si el Estado no convoca a la participación masiva de los ciudadanos en el análisis de los problemas de violencia que hoy desangran a nuestra Nación, los organismos de la sociedad debemos comenzar esta tarea, incluyendo en la agenda el papel que juegan los E U en el tráfico de armas y en la demanda de estupefacientes,  las consecuencias que se derivan de la Iniciativa Mérida y otros acuerdos que se mantienen en la  opacidad y que nos atan a los intereses de nuestros vecinos, en detrimento de la soberanía y de las posibilidades de resolver verdaderamente los asuntos que tanto nos dañan ahora. Vale.

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