LA MONTAÑA: COVID-19 Y LA SOBERANÍA NACIONAL

OSCAR LOZA OCHOA PRINCIPALES

Por Oscar Loza Ochoa.

El capitalismo catastrófico… se manifiesta hoy en la convergencia

de la crisis ecológica planetaria, la crisis epidemiológica global

y la interminable crisis económica mundial.

John Bellamy Foster

Las Instituciones de salud han cumplido un papel decoroso ante la crisis del coronavirus. Sobrevivieron al institucionalicidio que privó en los regímenes anteriores, haciendo frente a la crisis sanitaria en condiciones de verdadera inanición en que las dejaron las administraciones públicas anteriores, apuntaladas con un sobre esfuerzo en el presupuesto para continuar unas 326 instalaciones que no se concluyeron. Más de un centenar quedaron terminadas en 2019, lo que permitió torear la crisis en otros términos.

Del personal de salud hay un amplio reconocimiento social por la entrega, su vocación y la alta cuota que han pagado en vidas durante interminable pandemia. No esperábamos menos y nuestra gratitud no tendrá límites, como no la ha tenido para Ruperto L. Paliza y Ramón Ponce de León, por las aportaciones hechas para preservar vidas y salud de los sinaloenses en momentos cruciales como 1883 y 1903.

Hasta allí se iba formando la columna. Mi pluma se detuvo el día 18 de septiembre porque no me sentí bien de salud y porque mi padre fallecía al día siguiente. Aunque él fue un hombre de cumplir compromisos, yo no pude ejecutar el mío por la pena de su partida y porque el infeliz coronavirus nos visitó desde las vísperas de esa lamentable fecha.

Estas semanas han sido de las más intensas en la vida personal y familiar. Sin poder olvidar aún que el 27 de mayo el Covid-19 cobró la vida de mi hermano Llin, mi padre ponía punto final a su existencia el sábado 19 de septiembre, en plena temporada de aguas, la que más amaba como buen ejidatario y productor. César Vallejo había escrito unos días antes de aquel fatal 15 de abril de 1938: “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”. Esa tarde llovió a cántaros sobre París. José Loza estuvo lamentando que esta temporada las lluvias no fueron generosas y cuando la postura del cielo amenazaba agua, se iba al porche de la casa a esperar el anhelado aguacero. Pudo disfrutar algunas lloviznas.

Unos días antes de irse llovió como en los buenos años, pero en calma. No hubo truenos ni relámpagos, que para mi padre eran los que aflojaban el agua. Lo colocamos frente a la ventana para que observara la lluvia de esa tarde. Cerró los ojos. Quizá de esa manera se apropiaba mejor del discreto rumor con que caía la lluvia. Así permaneció hasta que escampó el agua, que por momentos sentí como lágrimas aquella sentida tarde, pues aquel temporal no tuvo el arrebato y violencia de las lluvias de agosto y septiembre. No sé como lo haya sentido mi padre, pero parece que el silencio que lo invadió en ese momento lluvioso algo de comunión tuvo con el calmo torrencial que lo visitó. Y algo también de despedida.

En el marco descrito el Covid-19 hizo una incursión masiva en mi familia, afectando en casa a tres hijos, a mi esposa y a mí. Y también llegó a la humanidad de tres hermanos. Relativamente leve con la mayoría, el temido bicho fue muy agresivo con un hijo y una hermana. En ambos exigió de cuidados intensivos, lo que pone en tensión al resto de los miembros de la familia. Pero es esas horas de pena y mortificación no estuvimos solos. La familia y los amigos han estado junto a nosotros en todo momento. La hospitalización de José (mi hijo) nos preocupó grandemente por no saber hacia dónde marchaba su salud y por las consecuencias económicas que internarse en un hospital privado tiene en estos días.

Dicen que el sentimiento más bello de la humanidad es la solidaridad. Ocasiones para confirmarlo en el transcurso de la vida me han sobrado: la reacción ciudadana ante los terremotos de Nicaragua en 1972, el de la Ciudad de México en 1985, ante los ciclones devastadores en Sinaloa, entre muchos otros. Pero ver esa solidaridad en cascada invadiendo nuestras vidas es una cosa que difícilmente puedo describir. Cuando mucha gente supo de la iniciativa de mis hijos de rifar una modesta impresora para sacar fondos y apoyar a su hermano José, se volcó a realizar donativos de acuerdo a sus posibilidades. Dos cosas estoy obligado a expresar en estos momentos: me siento infinitamente agradecido con ese hermoso gesto y por todas sus atenciones rotundamente convencido concluyo que vale la pena vivir.

Como les consta a todos, mi vida y mi suerte han estado estrechamente ligadas a la vida y luchas del pueblo mexicano. Espero una pronta recuperación que me permita reincorporarme en un corto plazo al activismo de defensa y promoción de los derechos humanos; así como a las inquietudes sociales que persiguen la vieja y siempre renovada utopía por un México menos desigual y más justo. Vuelvo a la carga. Vale.

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