LA MONTAÑA: CERTEZAS DE LA CRISIS

OSCAR LOZA OCHOA PRINCIPALES

Por Oscar Loza Ochoa.

Somos carrizos a la espera del viento,

del agua, de los rayos del sol y de los huracanes.

Elena Poniatowska.

Un resorte se le había roto a la ciudad, y el tiempo o nosotros no éramos ya los mismos. —Dice Fernando Benítez en El Rey viejo. Él lo afirma para la Ciudad de México en los días postreros de Venustiano Carranza y yo lo aplicaría para el mundo en estos aciagos días. Las cosas nunca han sido fáciles, pero para quienes malcomen y hacen confinamiento en familias de cinco miembros o más en hogares de una pieza, dos o máximo tres, todo se complica. Peor nos resulta el panorama para quienes hemos pagado una alta cuota en esta horrible pandemia.

Mi hermano José Atanacio “Llin”, buscó cumplir con todas las recomendaciones de las autoridades de salud. Desde los primeros días del coronavirus se mantuvo aislado en su casa de Monteverde, ese punto geográfico de Culiacán tan entrañable para los Loza Ochoa. Era consciente del asma que desde tiempos tempranos le hacía más pesada la existencia y del cuadro cardiovascular que se le afincó en los últimos años. Ni a la capital del estado quería venir por el temor al contagio, pero una apendicitis llegó en el peor momento y lo obligó a buscar la atención médica.

Lo acompañé a Los Mochis donde fue operado. Sería nuestro último viaje juntos, en una conversación continua de más de dos horas, con breves y largos silencios que eran parte de aquel diálogo. Me dijo que tenía varios años sin transitar por la vieja carretera de Culiacán a Guamúchil, comentó el buen estado en que estaba. Tanto le atrajeron las alegres vendimias de Pericos, la tranquilidad de Terreros y la modernidad de Guamúchil, que ni una referencia hizo al dolor que alguna curva le recordó que allí estaba en su abdomen y que no tenía intención de abandonarlo.

Con la valentía y seriedad que marcaron su perfil, entró al quirófano el 5 de mayo por la tarde. Nos dijimos un hasta pronto en el umbral de Urgencias del Hospital General. Su fortaleza aguantó dos entradas al quirófano, pues se complicó la primera. ¿Fue en esta segunda donde el Covid-19 atacó y encontró sus puntos débiles? No lo sabemos. Sólo tenemos la certeza de que no hubo poder humano que lo librara de ese bicho que ha cobrado la vida de más de 5 mil mexicanos. Se fue en la madrugada del 27 de mayo.

Creo necesario mencionar otras certezas que el coronavirus trae a cuento: que hay más de 800 médicos y enfermeras contagiados en el país (merecen todo nuestro respeto), que el número de personas fallecidas rebasa los 362 mil 600 en el mundo, que el comportamiento ciudadano debe mejorar, que hay grupos de opositores al régimen que sin respeto alguno por las víctimas de la pandemia se han dedicado a descalificar todo esfuerzo de la autoridad, que entre esos opositores hay gente con mucho dinero (su razón de ser y de hacer), que lo han sacado del país porque no sienten querencia alguna por México y su pueblo, sino por la “seguridad” de sus intereses.

La Unicef ha manifestado su preocupación por el destino de los niños migrantes en las condiciones que impone el coronavirus. El pasado día 21 de mayo señaló que los Estados Unidos ha devuelto al menos mil niños migrantes no acompañados a México, Guatemala, El Salvador y Honduras. Bien es sabido que la violencia y la discriminación que obligaron a esos niños a migrar de Centroamérica persiste y se encontrarán ahora en mayor desventaja que antes de migrar.

La Unicef también informó que México está actuando de manera similar, pues al menos 447 niños no acompañados fueron regresados a Centroamérica. Preocupante que así sea, porque damos al traste con la tradición de solidaridad que ha caracterizado al país y por los horrores que esperan a esos infantes en sus lugares de origen. Hay doble riesgo, dice Unicef: el que impone la violencia y el que corresponde al Covid-19.

Hay una propuesta interesante de Alfonso Ramírez Cuéllar, dirigente de Morena: que el Inegi así como hace encuestas sobre la pobreza, haga estudios de la concentración de la riqueza. Más tardó en decirlo que llegarle un alud de protestas de quienes tanto provecho han sacado de la opacidad en torno a la formación y concentración de capitales en el país. No resulta grato enterarse que cinco ricos del país poseen 25 porciento del ingreso de 35 millones de familias: más de un billón de pesos. Cuando se piensa en la magnitud de la crisis múltiple que hoy padecemos, a no pocos se les ocurre pensar en el endeudamiento del país para pelear contra esa crisis. No estará mal voltear a ver esos recursos de los que habla Ramírez Cuéllar, que fueron generados por los trabajadores mexicanos y que tan injusta e inmoralmente los están sacando del país. Vale.

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