LA MONTAÑA: ZAPATA Y LA DIGNIDAD MEXICANA.

Por Oscar Loza Ochoa.

Cada día que pasa nos lleva más cerca de un abismo.

Francisco Zarco.

Culiacán, Sin. 12 abril 2018.-  La tierra es arraigo, la tierra es pertenencia, la tierra es raíz, la tierra es libertad. Por eso la vigencia actual de Emiliano Zapata y su lucha a 99 años de su inmolación un domingo 10 de abril. Si alguien pensó desde el Estado mexicano que reprivatizar la tierra no tendría mayores consecuencias, se equivocó de cabo a rabo. El mismo Estado ha sufrido una transformación de fondo, su perfil es otro después de la contrarreforma agraria.

La legislación alemanista otorgó el derecho de amparo para los latifundistas y permitió que sobrevivieran los latifundios en “pequeñas propiedades”, simuladas como propiedad familiar (donde cabían como “propietarios” hasta lo criados); pero todo ello no impidió que los ejidos y las comunidades indígenas se mantuvieran en pie y fueran ejemplo de productividad mientras los créditos fluyeron hacia el campo, como lo fue en su tiempo el Ejido Colectivo de Quechehueca, en el Valle del Yaqui.

Pero la calentura por privatizar los bienes de la Nación que empezó en el régimen de Miguel De la Madrid, alcanzó temperatura de verdadera fiebre con Salinas de Gortari. Y la tierra ejidal y comunitaria se convirtieron en objetivo preciado. No había créditos al campo y se planteó una política de engaño de que esos créditos llegarían si los campesinos contaban con un título de propiedad de su parcela, que los volvería automáticamente “sujetos de crédito”. Por otra parte, se alegó públicamente que el porcentaje de mexicanos que vivían en el campo era de un 18 por ciento, mientras que los países desarrollados sólo contaban con un 5 a 7 por ciento de población rural.

En esa tesis, se escondían las verdaderas intenciones. El ejido y la comunidad indígena son formas de propiedad social, que por su naturaleza no pueden convertirse en objetos de compraventa en el mercado. Eso preservó por mucho tiempo la tierra en manos de los campesinos e indígenas. ¿Qué pasó al entregarse los mencionados títulos? La situación de miseria y abandono obligó a esos campesinos a vender automáticamente. Los títulos de propiedad, en muchos de los casos, el mismo día que se entregaron pasaron a manos de los nuevos terratenientes de México.

Esos antiguos ejidatarios y comuneros terminaron de jornaleros en su otrora propiedad o migrando en masa a las ciudades, a la frontera norte y a los Estados Unidos. Esa situación llevó a más de medio millón de compatriotas a cruzar anualmente al país vecino. Y seguirían hoy en esa gigantesca diáspora si el país que administra Trump estuviera en las condiciones que mantuvo hasta 2007.

Las tragedias de los hombres y mujeres del campo no pararon allí. Quienes se marcharon a las ciudades no tenían donde llegar, ni los esperaba un trabajo, ni las aulas a sus hijos. Reiniciaron la lucha por un pedazo de tierra donde establecer su hogar. Volvieron al punto de partida de sus abuelos, pero sin las esperanzas que la Revolución alimentó en ellos. En esas condiciones las actividades ilícitas se volvieron una tabla de salvación, falsa desde cualquier punto de vista, pero la única al alcance de esa masa trashumante.

Quienes se quedaron en el campo, buscan producir los alimentos que demandamos los mexicanos y hasta exportan cuando se puede. A pesar de que las políticas del Estado prefieren importar alimentos, esos tercos productores siguen insistiendo en que debemos ser autosuficientes. Tres meses se dedican a trabajar la tierra y bajo la promesa de apoyos contraen deudas y levantan cosechas importantes. Apenas terminan de cosechar, los coyotes y los industriales están al acecho, ciertos de que la autoridad los dejará a merced de los especuladores. Después de la cosecha deben tomar las calles, oficinas públicas y casetas de peaje, buscando concretar las promesas de apoyo y de precios que les permitan la sobrevivencia. Hace apenas algunas semanas cuando tomaron una caseta de peaje la respuesta fue la represión. Con eso se premia su esfuerzo y sus sacrificios.

Con todo ello, ¿alguien podrá mostrar desacuerdo en que la figura de Emiliano Zapata y sus ideales están más vigentes que nunca? Hasta el Banco Mundial recomendó hace pocos años la necesidad de redistribuir la tierra de nuevo, como medida contra la creciente desigualdad social.

Este martes 11 por la tarde un grupo de mujeres estuvo en la Plazuela Obregón. La indignación que mostraron ante la violencia de género es natural y legítima: van 85 casos de mujeres asesinadas durante la presente administración. Tres nombres encabezaban su lista de víctimas: Dayana, Jovana y Miriam. Esta última apenas sepultada ese día. Cantaron en protesta, tomaron la palabra con discursos bien informados y se plantaron por la avenida Obregón en los momentos en que el rojo paraba el tráfico, para gritar a voz en cuello: ¿cuántas son muchas? ¡Vivas se las llevaron, vivas las queremos! Nuestra admiración y todo el apoyo moral. Algunas muchachas lloraron al tomar el micrófono. Esas lágrimas   expresaban dolor, indignación y la más sentida convocatoria a que nos sumemos a su justa causa. ¿No quedaremos callados? Vale.

www.oscarloza.com

oscarloza.ochoa@hotmail.com

Twitter @Oscar_Loza