LA MONTAÑA: PACIFICACIÓN DEL PAÍS, ¿POR DÓNDE EMPEZAR?

Por Oscar Loza Ochoa.

Su silencio me narró toda su congoja.

Eugenio Aguirre

Culiacán, Sin. 9 agosto 2018.-  Me da mucho gusto que ya se empieza a pespuntear sobre los temas centrales y urgentes del país. El Foro sobre pacificación de Ciudad Juárez abre las puertas a lo que será, sin duda, una rica participación ciudadana sobre la inseguridad, la violencia y los saldos que arrojan sobre la humanidad de 130 millones de compatriotas. Me da tristeza que mientras se despliega ese noble y formidable esfuerzo, no faltan los desatinos y lamentables declaraciones de candidatos electos, como el caso de Jesús Estrada Ferreiro, que terminan en sainetes de mal gusto de nuestro teatro político. Me formo del lado de las mujeres en este caso.

Es tal la situación a que nos ha llevado la violencia, que Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex, siente este breve interregno (de aquí a la toma de posesión de AMLO), como demasiado largo y desesperante. Y así se dirige al presidente Peña Nieto: “Es urgente que en los cuatro meses que restan a la actual administración, se tomen las medidas pertinentes para disminuir los índices de homicidios dolosos, de extorsiones, de secuestros y de la comisión de delitos del orden común.” No falta quien se pregunte, ¿qué se puede arreglar en este tiempo, si a lo largo del sexenio sólo tragedias cosechamos?

Creo correcto que los foros sobre pacificación se hayan iniciado en Ciudad Juárez, por lo emblemático de la metrópoli norteña y de Chihuahua en materia de feminicidios, desplazados y desapariciones forzadas, lamento que no se haya contemplado al estado de Sinaloa como sede de alguno de los eventos que analizarán los problemas que nos disminuyen como sociedad, porque ello nos deja un tanto al margen de las reflexiones y de poder aportar nuestras propuestas a la urgente solución de viejos, profundos y dolorosos problemas que nos hereda el mundo de la violencia.

No olvidemos que Sinaloa es cuna del narcotráfico y sus secuelas, fue campo de ejecución de la Operación Cóndor, la primera campaña antinarco, sufrió el primer desplazamiento masivo de poblaciones a consecuencia de todo ello y la experiencia en materia de violencia ligada al narcotráfico, con todas sus consecuencias, no la tiene ninguna otra entidad. Sinaloa puede aportar un abanico efectivo de soluciones; el sufrimiento y lucha de tres generaciones son la base para ello.

Seguramente los foros registrarán esas frecuentes marchas, plantones, tomas de oficinas de familiares de desaparecidos, de viudas, huérfanos y de otros grupos sociales agraviados por las pérdidas ante el crimen y por la impunidad que los victimizan de nueva cuenta. Hay otros testimonios que pasarán revista en estos eventos: esa nueva publicidad a través de mantas que alerta en muchos barrios de nuestras zonas urbanas sobre asaltos o que dejan mensaje a ladrones sobre su riego de ser linchados. Incluyendo los plantones en cruceros de colonias ricas, como en Culiacán, donde sus vecinos exigen acción de la autoridad contra ladrones.

En todos los foros estarán presentes las quejas contra del actuar de las policías preventivas y ministeriales, y, desde luego de las fiscalías. Y no sólo se quejarán, gran parte de los grupos ofendidos exigirán la recuperación del territorio por las autoridades y la sociedad, porque en él vivimos, en él trabajamos y en él está la esperanza de construir una vida mejor. También se reiterará la demanda de reconstruir las policías y los ministerios públicos, cuyo prestigio ha dejado muchos jirones a lo largo del camino, como todos lo registramos. En los reclamos está y estará presente el cuestionamiento de la Ley de seguridad interior y la añosa demanda del regreso de los militares a sus cuarteles.

Las cifras de la violencia tienen la dimensión del agravio social. Hablar de 250 mil homicidios en dos sexenios, de cuatro decenas de miles de desaparecidos y de un millón y medio de desplazados, es dibujar el tamaño de nuestra tragedia. Los foros y la actividad que vendrá después tienen la grave tarea de encontrar los caminos y medidas que nos permitan el esclarecimiento de todos esos problemas, de conocer la verdad, de reparar el daño a los familiares de las víctimas y de acercarnos a la justicia en cada caso. Las heridas cicatrizarán en la medida que nos acerquemos a esa solución. Y la pacificación puede ser posible.

Pero el restablecimiento del Estado de derecho pasa por algunas otras cosas, como lo prueba la presencia y demandas de los ofendidos en el Foro de Ciudad Juárez. No hay espacio físico para contener a tanto agraviado, pero esperamos que si haya la sensibilidad, vocación y compromiso donde quepan todas las voces y reclamos. La coyuntura y el éxito de los foros sobre pacificación reclaman el concurso de los tres poderes y de las instancias autónomas, pero algunas viven un franco deterioro de su prestigio ante la ciudadanía. Tendrán que asumir los costos y buscar reivindicarse socialmente si quieren ser parte de estos primeros pasos que intentan reconstruir un verdadero Estado de derecho. Vale.

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