LA MONTAÑA: MUJER Y LUCHA POR LA IGUALDAD.

Por Oscar Loza Ochoa.

Si no estás indignado,

es que no estás prestando atención.

Heather Heyer

Culiacán, Sin. 7 marzo 2018.-  A las puertas del edificio social se escuchan fuertes pasos de mujer. Y bienvenida sea esa tesonera andadura que reclama derechos y espacios de igualdad en todos los órdenes de la vida económica, política y social. Es de justicia reconocer que a pesar de la gran participación de las mujeres en la Revolución de 1910 a 1917 y en las luchas persistentes que se registraron a lo largo del siglo XX, el nuevo Estado mexicano hizo todo lo posible por posponer indefinidamente el reconocimiento de ciudadanía plena.

Sin mucho ruido, la mujer de la posrevolución fue abriendo amplia brecha ante una sociedad cerrada que limitaba sus aspiraciones de género. La reforma cardenista necesitó del talento femenino para salir airosa. De manera masiva la mujer se incorporó a las aulas como alumna y como docente. Y en la medida que el país se industrializaba y las actividades comerciales y administrativas alcanzaban la dimensión de una economía dinámica y moderna, la presencia de la mujer se incrementó como obrera, empleada de los grandes almacenes y como oficinista.

La década de los sesenta inició una creciente crisis del sistema que estallaría políticamente en distintas latitudes del planeta y en nuestro país. En esas manifestaciones puede verse a una juventud que reclama una participación decisiva en los destinos de su nación. En esas consignas de las manifestaciones, en los cantos y en las nutridas marchas, la mujer ocupó espacios muy importantes. Y en los saldos represivos que arrojó esa participación también la mujer llevó su cuota.

Después de 1968, la utopía perseguida en México en los años setenta, llevó a muchas mujeres a la lucha sindical, a las jornadas populares por conseguir un pedazo de tierra donde vivir, a ganar espacios en las universidades y también a la lucha guerrillera. La cárcel, la persecución, el exilio y la desaparición, no fueron ajenos a la mujer: como luchadora de origen o como madre, hermana, esposa o hija, que luego participará reclamando la amnistía para sus familiares presos, perseguidos, exiliados o desaparecidos por motivos políticos.

La amnistía y la reforma electoral de 1978 no fueron regalos del Estado mexicano. Fueron el resultado de una gran lucha del pueblo, en la que destacan las mujeres, en especial esas que enarbolaron la lucha por la amnistía, esas pioneras de nuestra lucha por el respeto de los derechos humanos en México.

Hay otro renglón muy importante a destacar: la participación de las mujeres indígenas. La rebelión de las cañadas de Chiapas detonó un movimiento de gran calado en todo el país, reclamando los derechos a la tierra, el agua, el bosque,  los recursos naturales, su cultura y a la inclusión en los beneficios del desarrollo. La mujer ocupa un lugar de vanguardia en ello. Así lo hace en el sureste, en el sur, en el centro y norte del país.

En Sinaloa, las enfermeras, médicas, maestras de los distintos niveles, comerciantes ambulantes y productoras agrícolas, se han movilizado en los momentos que sus necesidades así lo requieren y han tomado conciencia de que la solución pasa por la organización para plantear demandas y su capacidad de negociación frente al Estado.

La crisis humanitaria que vive el país ha dado oportunidad para que la mujer emerja como vanguardia de sus comunidades y de la sociedad. Esa crisis se manifiesta principalmente en los homicidios, desapariciones y desplazamientos internos en México. Las mejores gestoras de los pueblos desplazados son mujeres, eso explica que las amenazas y represiones cobren víctimas centralmente en ellas; los reclamos de justicia ante la impunidad que se vive en homicidios y en desaparición forzada de personas, también ha llevado a la mujer a encabezar los reclamos de justicia ante el Estado y a desarrollar una actividad inédita hace algunos años: la búsqueda de sus familiares, como respuesta a la inacción, desinterés e incumplimiento de sus obligaciones de parte de la autoridad.

Esas mujeres han hecho cambiar las políticas públicas en materia de derechos humanos. En las legislaciones recientes está su huella, su coraje y su disposición de no parar en la lucha hasta encontrar a sus seres queridos y detener la práctica de la desaparición forzada. ¿Qué haríamos sin esas aportaciones a la vida pública? ¿Qué actitud debemos tomar este 8 de marzo ante los otros reclamos donde los hombres tenemos que decir y hacer cosas concretas? Ellas exigen igualdad en la participación de la vida económica (en salarios, valoración del trabajo doméstico), en la vida política (el 50 por ciento en los puestos de dirección) y las mismas oportunidades en la vida cultural y social. Imposible tapar el sol con dedo. Tienen mucha razón. Vale.

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